TERCERO


Fue Jacqueline quien se lo ofreció aquella tarde, de mala gana y a regañadientes, con un ¡puf! en los labios y un ¡qué lata..! en el pensamiento. Entonces todavía podía caminar algunos pasos sin cansarse, y sin más ayuda que la de su viejo bastón. 


Así que una vez que colgó el teléfono, cerró los ojos un par de instantes, movió la cabeza y lamentó haber hecho el ofrecimiento; se fustigó con un ¡qué estúpida eres! tan plano como desabrido, desprovisto de esperanza, como tenía por costumbre, y que no era otra cosa, que el pensamiento que corría por su mente... en voz alta.

Con las manos juntas se apoyó en el bastón para soportar su peso y las carencias de toda una vida, y miró el entorno de la pequeña casa de tan sólo una planta con el fastidio de siempre puesto; como si fuera uno de sus trajes sastres; austeros, oscuros, de esos de telas ásperas como las de los costales, tan burdos y baratos que rozaban las esquinas del ridículo... y así, con un furtivo destello en la ventana de su mirada, de algo bien oculto y que algunos confundían con carácter, se dispuso a dar otro paso...
Seguramente buscaba un espacio, qué digo espacio, ¡un rincón! en dónde alojarlo, pero no, no había, nunca había habido… no en su pensamiento, no en sus planes, no en su vida... ¡menos en su casa! que era tan pequeña... justo como como ella, como su espíritu, como su historia de vida...pequeña y, atiborrada de muebles y adornos viejos, así que; "...al garaje… que se vaya al garage, ni modo..."  volvió a dejar que el pensamiento hablara, levantando los hombros y reanudando la marcha con un primer paso... hacia donde fuera, como si se tratara de una pequeña huida y, sintiendo, un alivio maldoso...

Cruzó por la diminuta cocina y salió a la cochera que apenas las dividía un muro con puerta y ventana, con la lentitud que imprimen años de tedio; apenas con un par de pasos dentro, se detuvo y observó; estaba lleno de polvo, de cajas viejas, de cosas inservibles, de mugre, pero sobre todo, de olvido... justo como su existencia.
Buscó con la mirada la escoba "que tendría que estar por ahí..." la encontró en una esquina, envuelta en telarañas y el polvo blanco que soltaban las paredes, y sin más, la sacudió con las pocas fuerzas que disponía, y haciendo a un lado el bastón con un ademán de hastío y enojo, comenzó a barrer apoyándose con fuerza en cada barrida... para no caer, para darle salida - junto con la nube de polvo que  levantaba-, a esa larga tira de resentimientos,  que traía en su interior... lo más rápido posible.

¿Qué haces mamá? -- preguntó Amara asomando su rubicunda faz por una de las ventanas del salón... Sí, ¿qué estás haciendo? -- preguntó también Danilo por la de la única recámara, que hacían un ángulo en el patio/cochera; ambos con su cigarro en la mano.
¡Barriendo! ¿qué no ven? -- les dijo sin mirarlos y con la voz tan agria como su facha... por lo que los hermanos se voltearon a ver, despreocupados, como de costumbre, y levantando los hombros, volvieron adentro, para volver asomarse, un instante después, al unísono una vez más, como si lo tuvieran ensayado, y con la mirada hecha una interrogación y... ¿por qué estás barriendo?

La respuesta tardó, Jacqueline seguía dando escobazos al piso como si no hubiera escuchado; de repente se detuvo apoyada en la escoba, tomó algo de aliento, y sin dirigirles la mirada, misma que más bien estaba puesta en algún paraje lejano del recuerdo o de la culpa o del remordimiento, la envidia, casi gritó... "su tío viene para acá..."
Amanda y Danilo se voltearon a ver incrédulos, los ojos se los volvieron tan grandes como soles de primavera por la sorpresiva noticia, y otro silencio incómodo pero monumental, como muchos de los que habría de ser testigo durante su estancia en esa casa, ocupó el pequeño espacio que visto desde la óptica de un observador casual, retrataba una escena cercana a la ridiculez; una vieja insignificante en fachas barriendo en el medio de una nube de polvo, una cochera diminuta repleta de basura, y sus hijos, un par de cincuentones obesos y poco afortunados, por decir lo menos, -y no sólo físicamente-  asomados cada uno por una ventana, con la expresión del idiota -herencia en ella, mimetismo en él- y el pasmo en el rostro... a pesar de ser tan diferentes, y no podría ser de otra manera, ni hermanos eran pero no lo sabían.
Y ¿por qué? -- soltaron nuevamente la pregunta prácticamente al mismo tiempo, una vez más, como si lo tuvieran preparado, ensayado....
Porque... está en la ciudad y no tiene donde pasar la noche... -- respondió expulsando las palabras en el medio de una mezcla de disculpa, enojo y justificación.
Y ¿se va a quedar mucho tiempo?
No lo sé… qué demonios voy a saber…

Otra vez se voltearon a ver y sin mediar palabra, con un entendimiento implícito se dirigieron a la cocinita y de la desvencijada alacena, retiraron el frasco del café, el del chocolate en polvo, una caja de galletas, la del cereal y fueron a esconderlos en el armario de la habitación  y las cajetillas de cigarrillos que tenían sobre las mesitas, las guardaron en su bolsillos. 


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