PRIMERO
"...no hay propósito delante
de mí:
El corazón está vacío, vana la mente,
Y
me oprime de angustia
El monótono ruido de la vida "
AleksandrPushkin
Fue una mañana gris al despertar, inmediatamente después de
cobrar consciencia, cuando optó por pensar en sus perros; Firulín, Luna, Limbo, Rito…
y así, no dejarle el menor
resquicio a esa angustia de la que había sido rehén desde niño en cuanto abría
los ojos, y que a partir de que ahora se había convertido en portador del pecado original, lo atormentaba con
mucho más fuerza.
Así, que desde aquel amanecer, Firulín, aquel cachorrito mestizo que había llegado sediento a su
casa hacía un puñado de años, podía seguía entrando en su habitación, tal y
como la había hecho en la realidad todas las mañanas en su casa, la última, la
de Morelos, aunque ahora, sólo en su pensamiento, en el recuerdo. Apenas
despuntaba el sol, escuchaba el suave golpeteo de sus uñas contra los mosaicos
de barro de la escalera y el pasillo, mientras se dirigía a su recámara desde
el cuarto de estudio de la planta baja donde dormía en el sofá, delatando, con el aumento en el
volumen del sonido de sus pasos, su presencia conforme se acercaba.
Llegaba justo a un lado de la cama y subía sus patas delanteras
sobre él, y con la izquierda, que era la que quedaba más cerca de su rostro, le
urgía con un movimiento repetitivo, a que abriera los ojos, para "darle
los buenos días” y que le acariciara la cabeza y le rascara la barriga.
Prácticamente todos los días -para cuando llegaba- ya estaba
despierto, aunque con los ojos cerrados. Apenas había abandonado el sueño, por
eso lo escuchaba venir... tan sólo un puñado de veces, -según recordaba-,
seguía dormido cuando el perro había llegada a su lado, entonces, con un gran
desparpajo, -una de las características más marcadas de la personalidad de su
mascota-, y una gran confianza, -esa que da una unión anclada en la complicidad
y el amor mutuo-, le ponía repetidamente la pata para que despertara y... le rascara
la barriga.
Ese hecho que se repetía todas las mañanas allá, le provocaba la
primera sonrisa, resultando en una suerte de vaticinio de lo que sería el día,
establecido por el hecho de comenzarlo con (ese espontáneo gesto de alegría) y
en la compañía de su querido Firulín;
acá y ahora, sin sonrisa ni presagio alguno de contento o de paz, tan sólo era
una cortina intangible de fantasía, como lo son las ilusiones, pero que cuando
menos, impedía que los demonios que acompañaban a esa angustia que se había
apoderado de la costumbre, hicieran de sus pensamientos una presa, y...
No era más que una especie de artificio que se le había ocurrido
esa mañana, un invento vulgar e ingenuo, y al que, -pensaba-, muy probablemente recurrían a diario y durante toda su desdichada sobrevivencia, los millones y millones que habían nacido con el pecado original.
Seguramente ellos, habían descubierto esta artimaña mucho tiempo
atrás, ya que era una muestra de debilidad, una forma de hipocresía con uno
mismo, -característica consustancial, innata a los portadores del pecado original-, que les ofrecía una
puerta de salida, un escape inocuo, una fuga virtual de esa realidad de tonos
sepia, opresiva, fría, monótona, y que tan sólo tenía la capacidad –y de hecho
era su tarea- de crear espejismos... puros espejismos, que es a lo único que
estos millones de seres tienen acceso libre, sin cortapisas o censuras...
A partir de ese día, de esos recuerdos, se sostenía por las
mañanas al despertar. Era el barandal de donde asirse para no caer en el vacío
oscuro, retador, satírico... así que el recuerdo de la alegría de su perro que
cada mañana meneaba su cola mirándolo con brillo, lo mantenía relativamente
seguro ante la irónica invitación a sumergirse por fin, en el abismo que
rondaba su mente con una mezcla de impaciencia y espera, como les pasa a las
fieras dentro de las jaulas...
De repente se sorprendía al tomar consciencia, que las imágenes
en su memoria, no sólo le daban refugio en una zona aceptablemente fiable a sus
pensamientos, sino que también, le vertían un bálsamo tibio al espíritu...
herido, lastimado...
Y entonces, Firulín...
¡pareció, ahí estaba!, su imagen aparecía cercana y nítida, como en la pantalla
de un cine; con su entrepelo negro y café claro, brillante; sus orejas caídas y
delgadas, sus patas delanteras esbeltas pero fuertes, su identidad recia, y su
compañía, para entonces indispensable... y que, con su
presencia, aunque fuera sólo virtual, tan etérea como lo son la mayoría de los
recuerdos… a partir de esa mañana, habrían de alejarlo de la realidad por la
que transitaba.
La noche anterior, la había pasado en un hotel de esos que
llaman "de paso". Uno de esos baratos que están permanentemente
llenos de pecadores originales,
bueno, de hecho, pensado en ellos habían sido construidos por las carretadas de
inmigrantes españoles que había traído al país desde niños, algún presidente
del pasado... Sí, habían sido construidos para los pecadores originales...
Parecía limpio, el edificio a pesar de ser viejo, estaba bien
mantenido, por eso, después de haber intentado pasar una noche más o menos
digna en algunos otros, con los que literalmente se había ido encontrando al
caer la noche, después de un día completo de visitar sin oficinas, se había
decidido por este, aunque cuando entró por primera vez, pudo ver que varias
personas, entre ellas algunas parejas, -todos pecadores originales-, esperaban sentados en el suelo hasta que un
vejete, pecador también, pero con su insignificante coto de
poder, -el de ser el administrador de esa "ratonera" y que empleaba
sin excusa para humillar a sus congéneres-, se aparecía detrás del vidrio de la
"oficina de recepción", y les exigía de mal modo, que formaran una
fila; nunca antes de la diez de la noche,
-como si fueran damnificados recibiendo una limosna- para asignarles una habitación, ya que
durante el día, éstas se rentaban por hora solamente, para huéspedes que tenían
nada más que propósitos de retozo sexual.
El coraje y una humillación que no tuvo más remedio que
compartir con los demás de la fila, le puso una nueva mueca en el rostro. Al
subir a su habitación había visto a una joven que le había llamado la atención;
delgada, morenita, bajita, -igual que las sirvientas de toda la vida de su
casa- pero vestida como las actrices de
aspecto pirujil – como las había bautizado la Michelena en sus editoriales
del Excelsior- de las telenovelas, entretenimiento televisivo favorito de los pecadores, que había logrado a través de
los años, que esas jovencitas pecadoras
originales, mudaran a los "jeans" y las playeritas ajustadas,
dejando en el olvido los vestidos de azules chillantes y los mandiles o las
indumentarias deportivas –que eran como un hábito de vestimento obligado para ellas en el pasado.
Mientras
subía por la escalera, se le quedó viendo porque le pareció atractiva, pensó
que quizá podría convencerla de pasar la noche y... no, pero no, no alcanzaba e
ánimo para eso, de repente sólo sintió un vacío más, acaso otra punzada de la
misma preocupación con la que vivía, y que venía de la mano de otra de hastío,
que no era producto de la auto conmiseración, sino que le caía por algún
decreto de... quien o el que, dirige o
decide destinos.
Fue solamente un encuentro más con ése "consigo mismo"
que las circunstancias le ponían enfrente.
El cuarto era frío, austero, con paredes de mosaicos que
emulaban una emulsión de un verde antiguo y pálido que lo hacían lucir más como
bodega que como habitación. El baño era minúsculo y todavía más frío, bastaba
una mirada corta para llenarlo, así que tan sólo encendió el televisor y se tiró en la cama para que las imágenes le
alejaran los pensamientos de la realidad... tres
canales exponía en la pantalla, la
mediocridad que invadía esa sociedad, llena de basura, y que ahí, en ese
momento, resultaba en un paralelismo puntual con su con su actualidad, que ahí
estaba, se reflejaba en la pantalla, "...televisión para jodidos"
había dicho el que la producía.
Al recostarse en la cama, los pensamientos que ya eran tan
huéspedes en su mente como él de ese hotel, volvieron a martillar, a seguir
empujando, a aumentar la velocidad de los giros de cuestionamientos que, al no
encontrar respuesta, -porque no la había- volvían y volvían sin excusa ni
pretexto, afincándose cada vez más en las profundidades de su interior...
Cuando el cansancio comenzó a ponerle un peso de más sobre los
párpados, se tuvo que levantar para apagar el televisor anclado a la pared
enfrente de la cama y volvió a meterse entre las sábanas cuando ya los bostezos
reclamaban con insistencia...
Pero la fatiga también hace su parte, así que fue hasta entrada
la mañana cuando despertó. Pasaba de las diez. Había que dejar la habitación
antes de las once.
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