El arte de perder se
domina fácilmente.
Tantas cosas parecen decididas a extraviarse.
Que su pérdida ...
No es ningún desastre,
Pierde algo cada día .
Acepta la angustia de las llaves perdidas.
De las horas derrochadas en vano.
El arte de perder se domina fácilmente .
Tantas cosas parecen decididas a extraviarse.
Que su pérdida ...
No es ningún desastre,
Pierde algo cada día .
Acepta la angustia de las llaves perdidas.
De las horas derrochadas en vano.
El arte de perder se domina fácilmente .
E. Bishop
...Conforme
las aguas comenzaron a bajar del nivel que quedaría marcado en las paredes,
pero sobre todo en la memoria, en el recuerdo de los habitantes de la cuenca,
fue desvelando un panorama singular e insólito, -por decir lo menos-, el
"espectáculo" era tan conmovedor como infernal, "dantesco"
dirían los clásicos... Pocas personas en una vida tendrían que mirar un paisaje
así... el porque y la obligación, iban de la mano de esas circunstancias que la
vida pone al siguiente paso en el andar de sólo algunos... justo enfrente, sin
opción de eludirse.
Todo
era humedad y pestilencia. La tragedia tiene rostro y el desahucio que la
acompaña, había caído del firmamento junto con el agua, y ahora se mostraba...
el horizonte estaba plantad, aquí y allá, de cadáveres.
Los
de los animales; los caballos, las vacas, los perros, todo los que no habían
podido ser rescatados... yacían en estado de descomposición, aterrando las
miradas -las ingenuas o inocentes, y las "entrenadas", -pero ¿se
puede estar entrenado para ver un escenario así? La frecuencia da ¿para tener
una mirada adiestrada para eso?... al
igual que otros de humanos, sobre todo niños... ¡muchos niños! diríamos si lo
comparáramos proporcionalmente con número de cuerpos que no habían alcanzado
orilla alguna... porque ya no había, no, ya no había orilla posible, ya no
digamos existente.., ni la de la ayuda o la del salvamento... todas estaban
superadas por el agua... esa misma que ya no era del tono café/leche de
siempre, que estaba revuelta de, qué sé yo; de una tonalidad de un rojo que
nunca había visto, de un negro igualmente inedito, de un verde que se tornaba
marrón casi muerto y apagado, porque sólo era el de las ramas viejas y rotas
por el viento, por el cansancio, por la desesperación que todo agota...
De
pronto, el total de esos eventos habían pasado -como en el introito de un
concierto de Ravel- de lo incomprensible a lo voraz, en una aventura de brincos
de la suerte, de la prisa, de la equivocación... todo precedido por una
obertura lúgubre que pocos habían anticipado o presagiado... lenta, pausada,
sin la constancia de un ritmo que aventurara ideas de sonrisas... no, todo lo
contrario, fue un in crescendo de
manera casi cordial, sin embargo, cuando apareció la realidad que les iba
entregando la vista centímetro a centímetro, hora tras hora, a todos les
pareció un sueño... un mal sueño, una pesadilla..."es que fue tan
rápido" decían... "...este último mes fue... tan rápido.." se
repetían ´para sí mismos tomándose la cabeza con ambas manos, "...que ni
cuenta nos dimos, no, no hubo tiempo..." ni... para darse cuenta
siquiera...
Como
en esos sueños de los que somos tan sólo espectadores, observadores exentos de
voluntad alguna, títeres, marionetas, pasajeros de una travesía, de una
historia que no dispone más que de un recurso, el de mirar a través de un
cristal grueso, imaginario, intangible pero presente para la ilusión, que aísla
la voz, el sonido del aire o del agua, y hasta los tonos, que son el
artilugio que tiene la vista para sonreír, volviendo el escenario sepia; el
único recurso qué mirar, no hay más, no se tiene más, se haga los que se haga,
en la intención, desde luego...
Y
de repente una tarde triste, de un gris de esos que aplasta, que aplaca, que
hace brotar el abatimiento, todo se detuvo... ¡ni una gota más! las aguas de
quedaron en el inicio de un estanco que... ¡Ay Dios..!
Ni
una gota más del cielo, tras una pausa, un letargo de incomprensión en las miradas, las
conciencias, los miedos... y de repente, se oyó una más, y otra y otra...
comenzaron a caer otras, unas cuantas... éstas ya no venían del cielo, eran del llanto por lo perdido, de saber, de entender que aun
con los esfuerzos, la sombra de una tragedia de proporciones que
sólo la imaginación de vez en cuando nos asoma al pensamiento, estaba
esperando para pasar a esa realidad que
estremecía y ... soltaba por fin, lágrimas... ¡por fin!, los días antes, no
habían dejado tiempo ni para eso.., para las lágrimas que no sólo eran de
mujer,
Dicen
que las más conmovedoras son las de los hombres que... ante una impotencia que
arrastra sin esperanza, brotan casi con la misma fuerza de la furia
contenida... con un ¡puta madre..! en
la mente.
Y
es que el agua había bajado con una cólera que nadie esperaba. Decían que las
lluvias "allá arriba" no paraban... y el "allá arriba" era
la sierra de Puebla, en donde después de los siete días continuos de una
llovizna de "acá abajo",
constante en el nivel del Golfo, de ésas que vienen con visos de eternidad...
mañana, tarde y noche... todos los días, mañana, tarde y noche, y otra vez al
despertar y asomarse por la ventana ahí está, ahí sigue, se dejó caer un
diluvio de las alturas más pronunciadas en los límites del altiplano del
país... ahí donde empieza la barranca, (las barrancas, dicen, siempre traen
desgracias...) y ahí estaba Puebla y su sierra, en el mero filo de la..; el
agua fue tanta, que como siempre, pareciera que asustada, buscaba escaparse,
correr, y... encontró cause y como parece que tampoco le gusta derramarse,
rebozar, qué mejor que tomar el cause que lleva de bajada y entonces, lo
pronunciado de las pendientes por donde escogió correr, le imprimieron una
prisa que... llegó con el arrebato de una violación, que sorprendiendo y dejando
miradas -primero de asombro y después de espanto...- y las prisas se volvieron
confusión, los temores se dieron la vuelta y resultaron en males... y los
pecados, -si es que existen- en la más aguda de las penitencias... ¡Ay Dios..!
Imploraban las mujeres santiguándose...
"...Pero
si ya se estaba yendo el agua... " decía la gente de la cuenca del
Papaloapan; la semana que había estado lloviznando había causado un crecida en
el río que a su vez, había inundado no más de medio metro, pero cuando el aluvión
del agua que venía "de arriba" llegó, ¡ay Dios..! gritaron las
mujeres y el río se les vino encima, les recordó a todos que tiene vida propia,
que no le vale que le pongan cotos más de los que su misma naturaleza le
decreta y "...no paraba y no paraba..."
Las
lluvias torrenciales de las alturas tampoco pararon en días, no les importó a
las aguas que bajaron tan de prisa, que las de la prolongada e interminable
llovizna de hacía siete días, tenían ya, "tapadas" casi todas las
casas, las de un piso... la gente, de prisa, subieron al segundo las mecedoras,
las mesas, los "abanicos" (ventiladores), las licuadoras , las
cafeteras y cerraron la llave del gas y las otras... ¡Ay Dios..!
El
río, ya ni siquiera seguía ese ritmo que nos llenaba el oído las veinticuatro
horas de cada día, con su rumor que acompaña, que es parte de uno en aquellos
lares, que escolta el paso diario, que arrulla por las tardes en las que el sol
se pierde entre reverberaciones en un horizonte elástico, penetrable, blando,
que antes de la catástrofe, parecía de una mantequilla dulce de almendra y
coco... delineado sobre un montón de agua que a lo lejos, calma el espíritu...
que sirve de comparsa para el calor, para la humedad que abraza y da vida... y
del que se corría el riesgo, de olvidar para siempre.
Las
aguas habían perdido su brillo natural, parecían espesas... Desde las alturas
ya no era posible ver ninguna frontera, se extendían hasta los límites de la
mirada, sin riberas, sin esquinas o vueltas, sin juegos de la imaginación ni caprichos
en sus formas... sin siquiera un intento para que hicieran su parte en tratar
de volver, -si eso fuera posible-, a su antigua forma, a su original modo de
proceder, de crecer, con calma, con ritmo, al compás que el tiempo marca, con
la cadencia de un son jarocho...
Pero
no, tan sólo era un inmenso estanque lleno de secretos oscuros, de sorpresas
inciertas... quizá con la esperanza que el sol, que la tierra, que el viento
hicieran su parte para tratar de volver, -con la paz de los tiempos, de los años
y de las décadas-, a verlo como cuando niños..., con la tranquilidad que dan
sus ocasos... y la alegría de los
amaneceres que llenan el espíritu de ánimo en aquellas personas que hacen
"la gente de la cuenca y las demás poblaciones de alegres sonrisas y
lúcidas miradas...
Pero
eso es parte de lo que dejan las inundaciones... muerte, miseria, enfermedades,
llanto y tristeza, componentes que alguna energía o fuerza (que decide quien
dispone de la naturaleza,) que emplea quien dispone de la naturaleza, para
engrosar las filas de los pecadores originales... -ésa "mancha
bronce" tan extensa- cuyo más alejado "integrante" se pierde en
el horizonte... cuasi infinito, o cuando menos, evita que los que ya lo son,
logren irse, salir de su infierno personal, privado... un averno ínfimo de
proporciones, -justo a la medida de sus vidas- pero propio, irremediablemente
propio y que en la mayoría de los casos, consigue que se sumen nuevos
integrantes, porque, eventos como esos, arrasan también con las virtudes de
los exentos del pecado original... les
arrancan las noblezas, los desnudan de virtud y les dejan tan sólo un
espíritu en despojo, en miseria y angustia, así todos se transforman en
desposeídos de ética, de pudor, de honradez, de nobleza, en fin, de algunas de las
cualidades que impiden que, el pecado
original... nos caiga encima.
Así
se selló su travesía hacia el grupo de
pecadores, ahí mismo en la cuenca cuando el agua no sólo le llevó su cosecha,
sus camionetas, su maquinaria, su avión, sino también, las comodidades, los
muebles, los autos, las casas, la tranquilidad y la paz...
Bajo
el agua quedó sepultado, en ese lodo pestilente que pudre, todo aquello; lo
tangible y también, - lo más valioso-, lo intangible... pero dicen que la vida
nos pone retos, nos prueba de vez en cuando... y me pregunto ¿a todos?
No,
no a todos, conozco personas que han vivido toda su vida con una placidez y
abundancia que es casi imposible que no nos provoque una envidia que se nos
vuelve una costumbre culposa, así que ese dicho que reza que a todos, la vida
nos pone a prueba, es una falacia total, una fachada de cartón para disimular
preferencias por algunos, con que se excusa el destino...
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