Quiero dormirme un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta el día de la resurrección. Ahora quiero dormir un año, nada más dormir.
Jaime Sabines
Bajó del camión en la avenida, congestionada como siempre, y
allá enfrente, a “tiro de piedra” dirían los pecadores, estaba la casita de
Jacqueline...hacía tiempo que no la visitaba, y ahí fijó la mirada haciendo caso omiso por un momento del
tráfico que corría por la Gustavo Baz...
Su fachada tenía una huella imborrable de abandono, apenas unos
tímidos y ya envejecidos intentos de que luciera mejor, como la pintura de la
reja que rompía con el resto... era más actual o, también podríamos asegurar,
menos vieja. Era de un azul casi chillante, cuando la vio y reflexionó sobre
ello, se dijo... qué bueno que no la mandó pintar de amarillo limón... era
obvio que se trataba de su casa.
Despintada, con los muros descarapelados, los vidrios opacos de
una mugre longeva, los tres coches viejos y destartalados al frente, que no
negaban su pertenencia a la casita y a ese olvido que era una continuación del descuido, como si
éste, creciera como crecen las ramas de las hiedras y se fuera extendiendo en
el exterior también, a través de las grietas en la banqueta, de lo amarillos de
una parcela de tierra que alguna vez había sido tan verde como su pasto.
Respiró profundo y se dispuso a cruzar la avenida de un tráfico
infernal, sumergido en un mar de sentimientos encontrados, de emociones que
tiraban con una fuerza casi violenta, para arriba y para abajo.
Ya caía la tarde en ese octubre que anunciaba climas fríos y
vientos cargados de contaminación por la interminable concurrencia de autobuses
y camiones de carga que fluían por esa ruta con la constancia que no conoce
interrupciones.
El barrio era, por decir lo menos, popular; las casitas
originalmente eran iguales, pero con el paso del tiempo, sus moradores
-pecadores todos- les comenzaron a hacer modificaciones, para distinguirse,
para no ser igual al de junto, pero con tan mal gusto, -obvio- que había
resultado en un mosaico dispar de formas que asemejaban parches que agredían hasta
a la estética más básica y con un revoltijo de tonos pastel que rompían todo
sentido de la armonía… “Finalmente volvió a sus orígenes ésta…! -pensó de
Jacqueline.
Lo recibió de mal talante, de pie, apoyada en su bastón con una
actitud autoritaria a pesar de su facha de “vieja de mercado” con ese vestido
viejo y deslavado al que parecía, sólo le faltaba el mandil para estar
completo.
Flanqueada por el par de cincuentones inútiles de sus hijos que
permanecían con la expresión de siempre, -la del idiota- en silencio y con un
cigarrillo en la boca.
Le dio las buenas tardes sin míralo a los ojos, y una vez
sentados, con voz metálica, les habló de las dificultades económicas por las
que estaba pasando y…
¿Qué vas a hacer? Le preguntó
Necesito unos cuantos días para poner en orden algunas cosas,
hacer algunas visitas, llamadas, ese tipo de cosas.
La conversación no duró, como siempre, desde siempre, no había
más que decir.
“Pues como sabes y puedes ver, aquí casi no hay lugar para
alguien más; así que, al suelo, tendrás que dormir en el suelo”, y le señaló el
espacio que le había destinado con su bastón, en un claro ademán de desprecio
envuelto en…
El sitio, me refiero al físico, que habían improvisado los tres una hora
antes, consistía en unas mantas y una tira de algún conglomerado de una espuma
vieja parecida al polietileno, muy comprimido, aplastada una y mil veces, -una especie de rigidez, esa que da el tiempo,
mucho tiempo, delataba su uso y su edad-, tendría la función de hacerle sentir
con menos rigor la dureza del suelo de cemento, y que aunado a unos cojines
viejos, de esos que se usan más como ornamento que por alguna función práctica
que sume comodidad en los sillones de las salas de estar a quienes los ocupan
en visitas, serían su lecho para dormir; "...mañana veremos qué podemos
hacer..." le dijo Jacqueline todavía con un jirón de enojo aunque habrá
que reconocerlo, menor al que le había causado por su llegada, la incomodidad
que le suponía traería a su vida con su llegada, pero supongo que también, y la
reacción que causaría en su andar cotidiano, pero sin duda -pensó- porque sería
desvelado su verdadero modo de vida que los
mitos que había hecho crecer con su familia de su elegancia, de su
refinamiento, de sus modales sofisticados… caerían como estructuras de cartón…
Así la percibían sus parientes, y es que todo
lo anterior de alguna manera era cierto, había viajado y estudiado tal y como
lo... pero todo había sido obligado, ella hubiera preferido una vida menos
estricta y "estirada", justo como la de sus parientes... más elemental,
con su buena dosis de vulgaridad, pero todo eso había sido parte obligatoria,
era parte del "paquete" con que tendría que cumplir su madre al
"entrar" en la familia de su nuevo marido.
Y más aún, la de sus hijos, el par de cincuentones inútiles, ¿cuánto
tiempo había mantenido oculta esa verdad o esa mentira? desde su óptica ¿qué
era? ¿una verdad o una mentira?
Tal vez visto desde
dentro, era una verdad innegable, un hecho insoslayable que el par de idiotas
que mantenía y que ocultaba de los demás tras ese velo de hipocresía, -tan
característica de ella- caía en los términos de los hechos o incluso de los
valores, como una lápida pesada que cimbra el suelo hasta poco antes de los
límites del temor... y tal vez, visto desde fuera, era una mentira tan grande
como una catedral, de las mismas dimensiones que su simulación, su farsa...
Su disfraz de imagen que, comenzaba a caer.
En fin, resignado a su realidad, se dispuso a descansar, después
de todo, sólo serían un “par” de días -pensó- sin dejar de reconocer que todo
estaba tan revuelto, que lo único que quería era, dormir y… si eso fuera
posible, ya no despertar.
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