CUARTO


Quiero dormirme un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta el día de la resurrección. Ahora quiero dormir un año, nada más dormir.

                                                                                                                                                     Jaime Sabines


Bajó del camión en la avenida, congestionada como siempre, y allá enfrente, a “tiro de piedra” dirían los pecadores, estaba la casita de Jacqueline...hacía tiempo que no la visitaba, y ahí fijó la mirada haciendo caso omiso por un momento del tráfico que corría por la Gustavo Baz... 
Su fachada tenía una huella imborrable de abandono, apenas unos tímidos y ya envejecidos intentos de que luciera mejor, como la pintura de la reja que rompía con el resto... era más actual o, también podríamos asegurar, menos vieja. Era de un azul casi chillante, cuando la vio y reflexionó sobre ello, se dijo... qué bueno que no la mandó pintar de amarillo limón... era obvio que se trataba de su casa.

Despintada, con los muros descarapelados, los vidrios opacos de una mugre longeva, los tres coches viejos y destartalados al frente, que no negaban su pertenencia a la casita y a ese olvido que era una continuación del descuido, como si éste, creciera como crecen las ramas de las hiedras y se fuera extendiendo en el exterior también, a través de las grietas en la banqueta, de lo amarillos de una parcela de tierra que alguna vez había sido tan verde como su pasto.
Respiró profundo y se dispuso a cruzar la avenida de un tráfico infernal, sumergido en un mar de sentimientos encontrados, de emociones que tiraban con una fuerza casi violenta, para arriba y para abajo.
Ya caía la tarde en ese octubre que anunciaba climas fríos y vientos cargados de contaminación por la interminable concurrencia de autobuses y camiones de carga que fluían por esa ruta con la constancia que no conoce interrupciones.
El barrio era, por decir lo menos, popular; las casitas originalmente eran iguales, pero con el paso del tiempo, sus moradores -pecadores todos- les comenzaron a hacer modificaciones, para distinguirse, para no ser igual al de junto, pero con tan mal gusto, -obvio- que había resultado en un mosaico dispar de formas que asemejaban parches que agredían hasta a la estética más básica y con un revoltijo de tonos pastel que rompían todo sentido de la armonía… “Finalmente volvió a sus orígenes ésta…! -pensó de Jacqueline.

Lo recibió de mal talante, de pie, apoyada en su bastón con una actitud autoritaria a pesar de su facha de “vieja de mercado” con ese vestido viejo y deslavado al que parecía, sólo le faltaba el mandil para estar completo.
Flanqueada por el par de cincuentones inútiles de sus hijos que permanecían con la expresión de siempre, -la del idiota- en silencio y con un cigarrillo en la boca.
Le dio las buenas tardes sin míralo a los ojos, y una vez sentados, con voz metálica, les habló de las dificultades económicas por las que estaba pasando y…
¿Qué vas a hacer? Le preguntó
Necesito unos cuantos días para poner en orden algunas cosas, hacer algunas visitas, llamadas, ese tipo de cosas.
La conversación no duró, como siempre, desde siempre, no había más que decir.
“Pues como sabes y puedes ver, aquí casi no hay lugar para alguien más; así que, al suelo, tendrás que dormir en el suelo”, y le señaló el espacio que le había destinado con su bastón, en un claro ademán de desprecio envuelto en…

El sitio, me refiero al físico, que habían improvisado los tres una hora antes, consistía en unas mantas y una tira de algún conglomerado de una espuma vieja parecida al polietileno, muy comprimido, aplastada una y mil veces,  -una especie de rigidez, esa que da el tiempo, mucho tiempo, delataba su uso y su edad-, tendría la función de hacerle sentir con menos rigor la dureza del suelo de cemento, y que aunado a unos cojines viejos, de esos que se usan más como ornamento que por alguna función práctica que sume comodidad en los sillones de las salas de estar a quienes los ocupan en visitas, serían su lecho para dormir; "...mañana veremos qué podemos hacer..." le dijo Jacqueline todavía con un jirón de enojo aunque habrá que reconocerlo, menor al que le había causado por su llegada, la incomodidad que le suponía traería a su vida con su llegada, pero supongo que también, y la reacción que causaría en su andar cotidiano, pero sin duda -pensó- porque sería desvelado su verdadero modo de vida  que los mitos que había hecho crecer con su familia de su elegancia, de su refinamiento, de sus modales sofisticados… caerían como estructuras de cartón…

Así la percibían sus parientes, y es que todo lo anterior de alguna manera era cierto, había viajado y estudiado tal y como lo... pero todo había sido obligado, ella hubiera preferido una vida menos estricta y "estirada", justo como la de sus parientes... más elemental, con su buena dosis de vulgaridad, pero todo eso había sido parte obligatoria, era parte del "paquete" con que tendría que cumplir su madre al "entrar" en la familia de su nuevo marido.

Y más aún, la de sus hijos, el par de cincuentones inútiles, ¿cuánto tiempo había mantenido oculta esa verdad o esa mentira? desde su óptica ¿qué era? ¿una verdad o una mentira?
 Tal vez visto desde dentro, era una verdad innegable, un hecho insoslayable que el par de idiotas que mantenía y que ocultaba de los demás tras ese velo de hipocresía, -tan característica de ella- caía en los términos de los hechos o incluso de los valores, como una lápida pesada que cimbra el suelo hasta poco antes de los límites del temor... y tal vez, visto desde fuera, era una mentira tan grande como una catedral, de las mismas dimensiones que su simulación, su farsa...
Su disfraz de imagen que, comenzaba a caer.

En fin, resignado a su realidad, se dispuso a descansar, después de todo, sólo serían un “par” de días -pensó- sin dejar de reconocer que todo estaba tan revuelto, que lo único que quería era, dormir y… si eso fuera posible, ya no despertar.

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