No pida garantías. Y no espere
ser salvado por alguna cosa, persona, máquina o biblioteca.
Realice su propia
labor salvadora, y si se ahoga, muera, por lo menos, sabiendo que se dirigía a
la playa.
Ray Bradbury
La mañana era brillante cuando volvió a abrir los ojos, la luz estaba en todas partes. La urgencia para dejar la habitación a tiempo, le impidió despertar una sutil alegría recordando a alguna de sus mascotas.
Después de asearse y tomar su pequeño maletín, salió a la calle y caminó varias cuadras hasta el mercado de Patriotismo después de comprobar que contaba con un puñado de monedas en el bolsillo, para, en el puesto de los jugos, comprar uno de naranja. ¿Y qué más para desayunar? En el puesto de enfrente, un plátano de a uno cincuenta... ¿Y después?
A caminar, porque todo indicaba, que por el momento no había nada que hacer... como cuando estudiaba en Europa y los fines de semana, dejaba que el tiempo corriera sin prisas y con la vida dispuesta por "el destino", para llenar la mente con la imaginación y las historias de García Márquez, de Rulfo, de... Sábato, de... pero ahora, ni de eso disponía.
A caminar, porque todo indicaba, que por el momento no había nada que hacer... como cuando estudiaba en Europa y los fines de semana, dejaba que el tiempo corriera sin prisas y con la vida dispuesta por "el destino", para llenar la mente con la imaginación y las historias de García Márquez, de Rulfo, de... Sábato, de... pero ahora, ni de eso disponía.
Siguió andando hasta el parque México; con niños jugando, con perros corriendo, con mamás contentas, con parejas sonrientes; buscó una banca y se sentó, desde ahí podía ver más niños, más mascotas con sus dueños, más sonrisas, más de todo lo que normalmente hay en los parques y... todo, seguía su curso... ¡incluso la vida..!; dejando al sol brillar, al viento correr, al ruido emplear el espacio de siempre, incluso a la alegría -que reflejaban casi todos ahí- brotar... era obvio que nadie de los que lo rodeaban sabía qué demonios le rondaba y rondaba en la cabeza... ¿por qué habrían de saberlo? a nadie (nos) importa lo que le pase a nadie más, salvo que nos afecte.
Y ahí se quedó una vez que encontró una banca vacía en donde sentarse... un rato más, permitiendo que su irritación descansara, sí, eso parecía que estaba haciendo... pero, suele suceder que cuando dejamos a la mente tan libre que retome el ritmo de las revoluciones con las que nos acostumbra atormentar, desencadena sentimientos que manteníamos más bien pacientes, adormilados, como hibernando.
Uno de ellos particularmente, llegó con una aguda punzada en el alma. Apenas un par de días antes, había tenido que dar en adopción a sus cuatro perros.
Doloroso resultaba recordarlo, pero la imagen había llegado de manera involuntaria, impulsada seguramente por lo fresco que estaba el suceso.
La experiencia había sido tan traumática, como cuando de niño “Sammy” el pequeño Boxer que le había regalado un amigo de su padre, había muerto después de comer Warfarina enmascarada con piloncillo: el poderoso veneno que usaban en los cañaverales de su padre allá en Veracruz, había dispuesto en la despensa de la casa para poner remedio a una escalada de ratas que la habían tomado por asalto.
Así, una ocasión que alguien había dejado la puerta abierta, el cachorrito que retozaba con júbilo por la cocina cuando Esperanza, la vieja cocinera lo consentía con los bocados que tanto le gustaban, olfateó el dulce, siguió el rastro y comió; se dieron cuenta pronto, pero… y aunque una hora más tarde estaba en el consultorio del veterinario recibiendo una dosis generosa de vitamina K, un estimulador de la coagulación de la sangre, los efectos del veneno que se empleaba en el campo ya eran irreversibles; su sangre se diluía sin remedio.
Al regresar a casa el sábado siguiente del internado en donde su madrastra lo había metido bajo el argumento de que era demasiado inquieto, desobediente, pero sobre todo, independiente, se encontró con la noticia; Sammy ya no estaba.
Por más cuidado que puso la madrastra al darle la mala nueva, él, solamente dio la espalda y salió al jardín a sentarse bajo el árbol donde lo hacía por costumbre con su mascota… a llorar. Siendo hijo único, el lazo afectivo con su cachorro a los 11 años de edad, era por demás intenso.
Ahora sentía que las lágrimas también, pedían su anuencia para brotar; -la cascada de infortunios del pasado inmediato, estaba haciendo su parte- se aguantó, dejando la mirada en los perros que retozaban en el parque.
Quizá aquel evento fuera el que detonó ese sentimiento de nostalgia sin propósito que le invadí entonces de vez en vez y que conforme fue creciendo, se volvió más frecuente, más intenso, pero que desaparecía de repente, como por encanto de un sortilegio, de la nada, sin una razón que pudiera identificar claramente…
Este ir y venir del ánimo se volvió casi cotidiano, por lo que comenzó a considerarlo como algo “normal”, aunque allá en su fuero interno, existía una voz que susurraba lo contrario.
La sensación de pérdida en ese momento era más intensa que la noche que los entregó a sus nuevas “familias” -tres aquí uno allá- como si entonces, la consciencia hubiera estado mirando hacia otra parte para distraer al dolor, o edificando una barrera imaginaria que desviara y confundiera al sufrimiento, procurando un efecto como el de los golpes, que es hasta el día siguiente cuando más duelen.
Sabedor de la irremediable fecha fatal, cuatro meses atrás había comenzado a buscarles hogar, con la intención de que quedaran juntos los cuatro, no deseaba separarlos, así sería mejor menos traumática para todos, incluido él, pero sobre todo, al cuidado de personas que les procuraran amor y cuidados lo más parecido a los que él les prodigaba.
Sin embargo, no estaba resultando una tarea fácil, ¿quién querría adoptar a cuatro perros adultos de un jalón?
Comenzó preguntando a vecinos y amigos que sabía amaban a los perros; la mayoría prometió ayudarlo, pero los días pasaban y ¡nada!
Dentro el fraccionamiento se había instalado un refugio para perros en lo que un puñado de años atrás habían sido las caballerizas del dueño del desarrollo, y que a raíz de la muerte de su esposa quien era la entusiasta de los equinos, se deshizo de ellos y a petición de un grupo de vecinos "animalistas", cedió el espacio para los perritos huérfanos; había explorado esa idea, como última opción, en caso de… pero el cupo estaba rebasado, le dijeron que no, y es que ni ellos conseguían colocar en “hogares dignos” y seguros a los que habían ido rescatando.
Entre las preocupaciones que plateaba el futuro, esa, la de conseguirles familia a sus perros, era la que más le inquietaba.
No faltó algún insensible que sugirió “déjalos en la calle, suéltalos, ellos sabrán cómo arreglárselas, son sólo animales…” ¡cretinos imbéciles!
Y ahora se preguntaba; ¿cuánto tiempo le llevaría resolver ese duelo por la pérdida de sus mascotas? El camino se visualizaba cuesta arriba, y las cosas, las demás, tampoco estaban bien; recordó aquella sentencia popular que rezaba: “Cuando Dios dice a dormir, hasta el petate manda”, así su realidad.
Y ahora, ¿qué seguía? Sin dinero, sin casa… cerró los ojos para interrumpir la mirada fastidiosa que los ocupaba, y así procurarles una especie de alivio que contagiara al ánimo…
Era tiempo de hacer un alto.
Y entonces de repente, le llegaron a la mente –otra vez- de un sólo golpe, todos los insoportables que se acumulan durante nuestro andar... en una fila india, bien acomodados, si hubiera que usar una imagen, parecería que "hasta disciplinados, como militares..." uno tras otro, derechitos y con la vista al frente, justo a la mirada de... la conciencia.
Y esos pensamientos activaron la culpa, que no olvidemos que también es recuerdo.
Desde aquellos primeros insoportables, los de la niñez... esos que comenzaron a roerle –como a todo mundo- la paciencia, pero que durante esa infancia temprana, por la capacidad natural e implícita de la renovación y la eficiencia en la salud de las células en crecimiento, y de su natural capacidad de renovación, subsanaban, disminuían los deterioros que podrían llegar, y los enviaban, aunque temporalmente, a un rincón del olvido.., pero que, para que no olvidemos- ya ven que también contamos con memoria en todos nuestros flancos-, quedaban almacenados, como pequeñas cicatrices que testimoniaban, afirmaban, que habían existido y que ahora... salían porque... ¡las habían llamado! ¿Quién?
La consciencia, que pareciera, tenía permanentemente la puerta abierta a los pensamientos incómodos y a las sensaciones que se acercan, con el sigilo y la obstinación que emplean los léperos para pedir una moneda.
Junto a los de la actualidad, que le habían ido sumado con una puntualidad como la de los segundos, o de los minutos o de los años, o sea, con esa regularidad irremediable que asombra... que parece destino.
En el medio de su torbellino de ira y desesperación llamó a Jacqueline para tener con quien quejarse, tener a alguien a quien gritarle en voz baja la desesperación que le producía reconocer, ser ya, portador del pecado original, pero no tanto eso, que sin duda lo asustaba, sino por sus consecuencias...
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